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domingo, 8 de julio de 2012

Llueve en la Ciudad de México.

Es época de huracanes y aunque el Altiplano central de México, coloca a la Ciudad a más de 2 mil 200 metros de altura sobre el nivel del mar, en este periodo las tormentas rebazan la altura de las montañas y lueve copiosamente en las calles y avenidas. Me gustan los días de lluvia, el refresco inherente que se produce en nuestro clima templado y las calles mojadas que forman grandes espejos a mi paso. He vivido toda mi vida aquí y aunque conozco otras ciudades del mundo, algunas muy modernas o bellas, la Ciudad de México siempre me acoge con su manto, mi sociedad, mis amigos, mi lugar de trabajo.

Mi generación fue el último esfuerzo del "baby boom" mexicano de los años 50, me ha tocado vivir cosas maravillosas en mi espacio. El paso de los gobiernos, los movimientos sociales y los movimientos culturales. La música de los Beatles y de los Rolling Stones  estos grupos fueron el sello que marcó el final de mi infancia, previo al inicio de la adolescencia. Prolongada, puenteada porque en mi barrio habían más adolescentes que niños como lo era yo, vivimos una adolescencia cultural prematura. Luego los discos que eran de acetato, de los Doors, de los Who y de un grupo que en particular me gustaba, Jefferson Air Plane, llenaban el espacio de los jóvenes con música en inglés. Lo más novedoso, de moda, que emocionaba a los jóvenes de los finales de los 60 eran unos tocadiscos portátiles, que no eran como los Wallkman que contienen CD ahora y que poco antes contuvieron casetes, sino unos aparatos cuadrados que al desarmarse permitían la salida de un brazo con un circulo giratorio pequeño que se sacaba y en el que se insertaban los discos pequeños de 45 revoluciones o los discos grandes los LP de 33 y mediante otro brazo que contenía la aguja se podían escuchar. Era una revolución para los jóvenes que se podrían alejar de los adultos a sus recámaras, a sus fiestas cuando la Mamá de algunos de ellos no estaba o a los Papás que les habían pedido permiso para traer unos amigos. Se preparaba agua de limón, sandwiches y se promovía el baile.

Fue la época en que esperamos frente al televisor, en blanco y negro la primera vez que Neil Amstrong bajaría a la superficie lunar. Todos los chicos del barrio nos manifesábamos por ser Astronautas. Y como no, si las series de moda en la Televisión era perdidos en el espacio y Viaje a las estrellas. En mi última etapa de niño, comenzó a llamarme la atención el personaje de Penny, la hermana de Will Robinson, a la cuál ya no veía como niño, sino que sentía atracción por una adolescente que indudablemente era más grande que yo. Los personajes de televisión luchaban al lado de héroes de historietas como Batman, Flash o los 4 fntasticos. Teníamos también nuestros nacionales como Chanoc. Historietas que llegaron a mis manos, pero que no eran bien vistos en un medio latinoamericano de clase media urbana.

Los días de lluvia me gustaban en mi niñez, porque mi madre que murió recientemente, me llevaba a acompañarla en el centro de la Ciudad de México. El Metro que llegó en 1968, no existía en ese momento. Al principio en camión y luego en los peseros, que se llamaban así porque el pasaje costaba un peso mexicano. No eran camionetas, ni microbuses, sino automóviles a los que les decían grandes. Ford, Chrysler, General Motors. Cabían varias personas y se enfilaban por la calzada de Tlalpan, sobre una de las calzadas que unián desde tierra firme a la Gran Tenochtitlán. Mi madre compraba telas, hilos, iba a una mercería que estaba tras Palacio Nacional y si su evaluación era buena sobre mi comportamiento me compraba un juguete pequeño que podía ser un carro o un personaje.

En época de lluvias proliferaban en los lobbys de algunas tiendas, los elotes de maíz, que hervidos eran vendido con mayonesa, queso desmenuzado y chile, el chile que tanto gusta a los mexicanos de niño mi madre jamás me acostumbró a comerlo, fue una habilidad que aprendí de adulto. Recuerdo que era sobre todo en una tienda departamental llamada Blanco, dónde haciamos largas colas con tal de conseguir uno de estos que me encantaban de niño y que siguen antojándoseme o apeteciendolos como dirían los españoles asociados a los días de lluvia de mi amada Ciudad de México. Impermeable a Paraguas, mi madre me relataba que la Ciudad en los años 40 se inhundaba y que salían las barcas que atravesaban a los peatones de un lado al otro de la calle. Algunos señores se alquilaban para pasar cargando en sus espaldas a las personas con tal de que no se mojaran los zapatos.

Mi madre que en ese momento ya no trabajaba, era ama de casa, había trabajado en el Departamento del Distrito Federal, lo que hoy es el gobierno de la Ciudad de México y antes había sido el gobierno municipal de la misma. Pasabamos a visitar a mi abuela, su Mamá a la Planta Baja del viejo edificio del Departamento, donde se encontraba en ese momento el Archivo Jurídico. Mientras ellas platicaban, me daba lapices bicolores, carpetas, clips y grapas para que yo pudiera con las carpetas dibujar y entretenerme mientras ellas platicaban lo que había pasado y los problemas cotidianos en el tiempo en que no se habían visto. Siempre que legabamos al Archivo donde mi abuela era la jefa, estaba encendido su radio y se trasmitía la radionovela Chucho el roto, programa que representaba las vivencias de Jesús Arriaga, un bandido social de la Ciudad de México en la época del porfiriato.

A veces me encontraba que estaban de visita alguno de mis primos y jugábamos entre los archiveros que resguardaban los casos que celosamente guardaba mi abuela como si fuesen suyos. Mi abuela tenía un carácter muy fuerte y firme, contrario el de mi madre que fue siempre complaciente y dulce. Días de lluvia durante julio, agosto septiembre y una pequeña parte de octubre. Tiempo de maíz y elotes, de resguardarse de la lluvia y de visitar a los seres que amamos. En México es el verano, un verano en el que se insertan las vacaciones escolares, semanas de inactividad, tiempo de visita a los amigos y los familiares, días de resguardo por la lluvia y un ambiente melancólico, bonito, que nos permite reflexionar a muchos mexicanos.