Es época de huracanes y aunque el Altiplano central de México, coloca a la Ciudad a más de 2 mil 200 metros de altura sobre el nivel del mar, en este periodo las tormentas rebazan la altura de las montañas y lueve copiosamente en las calles y avenidas. Me gustan los días de lluvia, el refresco inherente que se produce en nuestro clima templado y las calles mojadas que forman grandes espejos a mi paso. He vivido toda mi vida aquí y aunque conozco otras ciudades del mundo, algunas muy modernas o bellas, la Ciudad de México siempre me acoge con su manto, mi sociedad, mis amigos, mi lugar de trabajo.
Los días de lluvia me gustaban en mi niñez, porque mi madre que murió recientemente, me llevaba a acompañarla en el centro de la Ciudad de México. El Metro que llegó en 1968, no existía en ese momento. Al principio en camión y luego en los peseros, que se llamaban así porque el pasaje costaba un peso mexicano. No eran camionetas, ni microbuses, sino automóviles a los que les decían grandes. Ford, Chrysler, General Motors. Cabían varias personas y se enfilaban por la calzada de Tlalpan, sobre una de las calzadas que unián desde tierra firme a la Gran Tenochtitlán. Mi madre compraba telas, hilos, iba a una mercería que estaba tras Palacio Nacional y si su evaluación era buena sobre mi comportamiento me compraba un juguete pequeño que podía ser un carro o un personaje.
Mi madre que en ese momento ya no trabajaba, era ama de casa, había trabajado en el Departamento del Distrito Federal, lo que hoy es el gobierno de la Ciudad de México y antes había sido el gobierno municipal de la misma. Pasabamos a visitar a mi abuela, su Mamá a la Planta Baja del viejo edificio del Departamento, donde se encontraba en ese momento el Archivo Jurídico. Mientras ellas platicaban, me daba lapices bicolores, carpetas, clips y grapas para que yo pudiera con las carpetas dibujar y entretenerme mientras ellas platicaban lo que había pasado y los problemas cotidianos en el tiempo en que no se habían visto. Siempre que legabamos al Archivo donde mi abuela era la jefa, estaba encendido su radio y se trasmitía la radionovela Chucho el roto, programa que representaba las vivencias de Jesús Arriaga, un bandido social de la Ciudad de México en la época del porfiriato.
A veces me encontraba que estaban de visita alguno de mis primos y jugábamos entre los archiveros que resguardaban los casos que celosamente guardaba mi abuela como si fuesen suyos. Mi abuela tenía un carácter muy fuerte y firme, contrario el de mi madre que fue siempre complaciente y dulce. Días de lluvia durante julio, agosto septiembre y una pequeña parte de octubre. Tiempo de maíz y elotes, de resguardarse de la lluvia y de visitar a los seres que amamos. En México es el verano, un verano en el que se insertan las vacaciones escolares, semanas de inactividad, tiempo de visita a los amigos y los familiares, días de resguardo por la lluvia y un ambiente melancólico, bonito, que nos permite reflexionar a muchos mexicanos.