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domingo, 14 de junio de 2009

José Gaos: el pensamiento mexicano ante la naturaleza humana

Me van a disculpar, ahora si va a ser sólo un copy-paste...pero prometo retomar el tema. GBN, ¿qué opina de éste filósofo español, casi, casi mexicano?
Llegó a México en el año de 1938 como consecuencia de la derrota de la República Española y por el apoyo del Gral. Lázaro Cárdenas del Río. El impacto de su obra consistió en respaldar la normalidad filosófica mexicana, pues él mismo consignó que el quehacer filosófico en nuestro país era una actividad periférica, cultivada con escaso rigor y profesionalismo, incluso frente a otros países latinoamericanos, pues en dos cartas a Francisco Romero le confiesa, la del 15 de febrero de 1939: “Por lo que se refiere en particular a la filosofía es notorio que Udes., los argentinos, están plenamente al nivel en que nos movíamos en Europa -no podría decir lo mismo de Cuba y México“ (Gaos 1999: 169), y lo reitera en la fechada el 20 de enero de 1940: “En general, la vida filosófica, en cualquier sentido que fuese, no hay aquí. Ya sencillamente en punto a información, y a la difusión del alemán, fundamental para ella, están a una enorme distancia de Udes., los argentinos” (Ibíd.: 178). Así, su mayor contribución consistió en forjar la escuela hispanoamericana de filosofía al promover y propugnar entre sus discípulos tanto tópicos de historia de las ideas como de reflexión filosófica originales en varias disciplinas y corrientes, porque, a decir de Leopoldo Zea: Gaos quería que sus discípulos aprendiesen a filosofar, a aportar sólo si hacían algo más que difundir, repetir los temas de moda (Zea, 2000: 25).
Su vida académica fue de ejemplar entrega, al grado de que su fallecimiento ocurrió al terminar de presidir un examen de grado en El Colegio de México, el 10 de junio de 1969.
Esencia o la naturaleza humana
Para José Gaos la filosofía tiene como cometido desentrañar la naturaleza del ser humano, cuya esencia es la razón y su entelequia la filosofía, con lo que se corrobora el carácter circular de su filosofía (Salmerón, 1992: 22). Pero en el análisis de la esencia humana encuentra que el hombre además de ser racional, es parte de la naturaleza. Así en la misma definición clásica del hombre, señala como la esencia morfológica de la especie, la animalidad y la racionalidad, por lo que distan de no poder concebirse ni menos darse la animalidad sin la racionalidad y ésta sin aquélla, que ahí están dados los animales irracionales y concebidos los espíritus puros, racionales sin animalidad (Gaos, 1953: 26). Así llega a exponer que lo específicamente humano sería tanto la marcha erecta o los movimientos expresivos como la alegría y el dolor, o sea la animación y los procesos psíquicos (Gaos, 1992: 66).
La esencia del hombre es su racionalidad, pero mediado por su primigenia forma de vida natural. Por eso para nuestro autor, no son suficientes tales elementos constitutivos del ser humano, añadiendo la mediación entre la animalidad y la racionalidad, la historia, a la que le otorga una importancia determinante y con base en ella plantea que “el hombre no tiene naturaleza, sino historia” (Gaos, 1953: 28), que vendría a ser su rasgo no sólo distintivo, sino mejor, constitutivo (Gaos, 1982b: 28), pues todo lo humano tiene historia o es histórico, lo que no significa que todo tenga la misma historicidad (Gaos, 1992: 541).
Con base en ese reconocimiento de que el hombre es producto de su historia, José Gaos pasa a un segundo nivel explicativo para señalar que esa constitución es producto del ejercicio de su racionalidad al sustentar:
Todos los seres vivos, en general, se expresan, pues, mímicamente. Pero los seres humanos, en especial, nos expresamos, además, verbalmente; y mediante la expresión verbal, nuestra convivencia y vida no es una mera convivencia y vida, sino que es la convivencia y vida humana que es. Por eso, entre todas las expresiones del hombre se viene tradicionalmente conceptuando de diferencialmente específica de él, de verdadera exclusiva de él, la expresión verbal. Desde luego, directamente: el lenguaje, el habla, la palabra... es un atributo del hombre por el que siempre se ha distinguido a sí mismo del animal; que no ha descubierto en ningún ser de su experiencia -“experiencia” latissimo sensu- distinto de él mismo. Pero también por su relación con la diferencia específica de la definición tradicional del hombre, “animal racional”, con la razón. Este vocablo del español designa la razón y la palabra...
... la expresión verbal... puede llamarse el sistema de la diferenciación específica del hombre, de las exclusivas del hombre: la expresión verbal está en correlación funcional, por un lado, con el aparato laringeo-bucal de la emisión de la voz humana; por otro lado, con la razón... ahora bien, la razón y dicho aparato están, a su vez, en correlación funcional con el desarrollo del cerebro, la prominencia de la frente, la retracción de las mandíbulas, la postura y la marcha erguida, y con las manos (Ibíd.: 69-70).
En consecuencia, el proceso de humanización ha consistido en el tránsito de la simple significación de la animación a la designación de objetos (Ibíd.: 74). De modo que el ser humano actúa de esta forma porque piensa, y su acción de pensar, el pensamiento, se ha conceptuado históricamente de varias formas:
El pensamiento es una clase de fenómenos psíquicos, diferente específicamente de las demás, las imágenes, las emociones y mociones, pero, con estas otras especies, del género ‘fenómenos psíquicos’; el pensamiento es una clase de objetos ideales, diferentes específicamente de otros, como las esencias, las relaciones, los valores, pero, con estas otras especies, del género ‘objetos ideales’; el pensamiento es a la vez una clase de fenómenos psíquicos y una clase de objetos ideales (Ibíd.: 205).
De modo que tales expresiones de la razón, los pensamientos, se concretan en elementos, conceptos, con los cuales se componen los juicios y con éstos los raciocinios, pues son el contenido de la lógica.
Con base en los rasgos señalados sobre el reconocimiento de la esencia humana, es pertinente concluir con los planteamientos en torno a la concepción de la antropología filosófica. Para José Gaos su quehacer consiste en el intento de explicar la metafísica por el hombre “para dar razón de la Filosofía por el hombre [por que], necesita dar razón del hombre mismo... y la razón tendría su perfección o ‘entelequia’ en la Filosofía” (Ibíd.: 32). Así la experiencia común de la vida consiste en que ella es la que marca los derroteros y evidencia las relaciones entre la esencia y la existencia:
En el sentido de tales relaciones puede decirse que el ir viviendo o existiendo consiste en ir haciendo cosas, no sólo materiales, sino inmateriales, y al ir haciendo las unas y las otras, ir haciéndose cada cual a sí mismo; y que lo que cada cual va haciéndose es lo que va siendo; o que cada cual va confeccionando con su individual existencia su esencial individual, hasta perfeccionarla en la muerte; o que cada cual va existiendo su esencia -pero sin olvidar que esta esencia que cada cual va existiendo, va decidiendo, recíprocamente, de su existencia (Gaos, 1953: 41-42).
Será entonces, la expresión verbal la que codifica esas relaciones, y por ser exclusiva del hombre, es lo esencial de él, pues para Gaos la esencia del hombre no está más que en el género, en la diferencia específica, está en su racionalidad toda vez que la razón es lo que define al hombre, constituye y manifiesta su esencia (Gaos, 1992: 217, 385-386).
Con base en tal análisis fenomenológico de la vida humana, nuestro autor llega a delimitar como objeto de la antropología filosófica el estudio de la esencia del hombre, de su razón trascendente, por lo que lo conceptúa en los términos siguientes:
El hombre es un animal de insatisfacciones y satisfacciones y de un amor u odio a éstas que le mueven a querer su infinitud o su inexistencia, lo que entraña concebir estas mismas con los trascendentales de la razón pura y los géneros de la razón práctica. Es, pues, por ser el animal moral que es, por lo que es el animal racional por el que se ha tenido siempre a sí mismo (Ibíd.: 569).
Tal concepción muestra su posición rekantiana, como solía decir, porque al explicar la relación entre esencia y existencia permite identificar al hombre no sólo como ser racional, sino también como ser moral.